Este año 2005 Santander cumple 250 años desde que el Rey Fernando VI le concediera en 1755 el título de ciudad acontecimiento que querría compartir con ustedes.
Página oficial del Ayuntamiento de Santander.
Un "mucho" de historia
Santander: entre el mar y la montaña.
Santander, la capital de Cantabria, parece mostrar orgullosa el reflejo de su genuino pasado en las aguas de la hermosa bahía a la que se asoma. Protegido por un accidentado relieve, su puerto ha sido, a lo largo de la historia, la verdadera razón de ser de la ciudad y de sus habitantes.
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Puerto de Castilla, jándalos e indianos, veraneos reales, una ciudad tendida sobre el mar a la sombra de la Pereda de Puerto Chico a la Magdalena, las primeras playas, un palacio construido por suscripción popular, El Sardinero en honor de don Marcelino Menéndez Pelayo al encuentro de la catedral, Santander, la capital de Cantabria, parece mostrar orgullosa el reflejo de su genuino pasado en las aguas de la hermosa bahía a la que se asoma. Protegido por un accidentado relieve, su puerto ha sido, a lo largo de la historia, la verdadera razón de ser de la ciudad y de sus habitantes.
En la actualidad es una urbe moderna, elegante y cosmopolita -hay quien la llama la Perla del Cantábrico-, con una intensa vida urbana y cultural que el visitante podrá disfrutar con la tranquilidad y la sensación de calma y placidez que desprende esta fascinante ciudad marinera y veraniega repleta de jardines, encantadoras plazas, edificios nobles y espectaculares playas.

La historia de Santander se remonta al año 26 a.C., cuando el emperador romano Augusto envió sus tropas, comandadas por Agripa, para consumar la conquista de la península y someter a los cántabros, conjunto de pueblos que tenían fama de rebeldes.
Tras derrotar a los cántabros, los romanos fundaron un puerto marítimo al que bautizaron con el nombre de Portus Victoriae en honor del triunfo conseguido. En cambio, tras el nombre de la ciudad se esconde una hermosa leyenda: se cuenta que, en el siglo III d.C., una barca de piedra que transportaba las reliquias de los mártires Emeterio y Celedonio llegó a estas costas tras atravesar el arco natural del islote de La Horadada. En conmemoración de uno de los santos se construyó la abadía de San Emeterio, nombre que en época latina se convirtió en Sant Emeter y, más tarde, en Sant Ander. Sea cierta o no esta historia, sí parecen estar de acuerdo algunos historiadores en que la ciudad actual nació cuando unos monjes que huían de los musulmanes, tras recibir el consentimiento de los primeros reyes asturianos, decidieron instalarse en una pequeña colina donde fundaron la abadía de San Emeterio. La ciudad creció alrededor de ese templo, cuyo lugar ocupa hoy la pequeña catedral santanderina, y los dos santos mártires se convirtieron en patronos de la villa.

Puerto de Castilla. La que fuera Puerto de San Emeterio, fue nombrada en 1187 villa de abadengo por el rey Alfonso VIII, que también le concedió el fuero a la ciudad. Entre los privilegios reales se contemplaba la libertad de los satanderinos para comerciar con ciertos productos (pan, vino, paños, etc.), así como la dispensa de algunos impuestos aduaneros. A partir de entonces y hasta el siglo XVI, Santander va adquiriendo un notable crecimiento comercial basado en la actividad de su puerto y en sus astilleros. De hecho, la ciudad era una de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar Océana del Reino de Castilla (las otras eran Laredo, Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera) y su gran apogeo se confirmó cuando le fue concedido el privilegio de exportar a Flandes y Amberes las lanas que se fabricaban en Castilla. Los santanderinos han sido siempre gentes de mar y avezados navegantes, como demuestran sus numerosas participaciones en importantes acciones navales.
Una de las empresas más relevantes de la flota cántabra data de 1248, cuando durante el reinado de Fernando III el Santo colaboró decisivamente en la reconquista de Sevilla. Es bien conocida la epopeya del almirante Ramón Bonifaz, que detuvo su nave junto a la Torre del Oro hispalense y cortó las cadenas que enlazaban las dos orillas del río Guadalquivir. Como premio a sus gestas, el rey concedió nuevos privilegios a la ciudad y le otorgó las armas de su escudo, en el que, aún hoy en día, aparecen, además de las cabezas de los santos Emeterio y Celedonio, la Torre del Oro, de la que pende una cadena rota, y un navío de vela. Como escribió Elías Ortiz, el escudo de Santander ostenta «una nave a toda vela navegando con rumbo hacia una torre que figura ser de oro».

Importante fue también la participación de los cántabros en el descubrimiento y colonización de las Indias Occidentales. jándalos e indianos. El siglo XVII marca el inicio de un periodo de decadencia para la ciudad, que ve cómo se diluye su tradicional esplendor comercial, reducido en esa época a cubrir la demanda local. Las causas de este estancamiento hay que buscarlas en el declive general del imperio naval español, la fuerte competencia comercial que representaba la creciente ciudad de Bilbao y las epidemias de peste que asolaron Santander a finales del siglo XVI y que hicieron disminuir su población de forma considerable. La recuperación no tardó en llegar y en el siglo XVIII se producen distintos hechos que favorecen un espectacular desarrollo de la urbe: en 1754 una bula del Papa Benedicto XIV convirtió a la villa en sede episcopal en detrimento de Santillana del Mar y, un año después, en 1755, el rey Fernando VI le concedió el título de ciudad.

En esos mismos años se liberaliza el comercio con América, hecho que tuvo como consecuencia la creación del Real Consulado de Mar y Tierra de Santander, la construcción del ferrocarril Santander-Alar del Rey, que abría el «Camino de las Lanas», y la consolidación de una importante burguesía mercantil. Sin embargo, el verdadero crecimiento urbanístico de la ciudad llegó con el siglo XIX. Por entonces, desde el puerto de Santander, que en 1817 fue designada capital de la provincia, partían casi a diario decenas de personas para hacer fortuna en las Américas, sobre todo hacia Cuba y las Antillas. Según las costumbres de la época, los cántabros que se enriquecieron lejos de su tierra regresaron tiempo después e invirtieron dinero en su ciudad, o bien enviaron el dinero para la construcción de palacetes, iglesias, casas nobles, grandes mansiones y otras obras. A esta repatriación del capital también contribuyó la conflictiva situación que vivieron las últimas colonias españolas. Gracias a estas inversiones se produjo el desarrollo de los astilleros y la remodelación y ampliación del puerto, así como la creación, en el año 1857, del Banco de Santander.

Los nuevos ricos que labraron su fortuna comerciando con el sur de la península reciben el nombre de jándalos, mientras que a aquéllos que se enriquecieron con el oro de las Indias se les conoce como indianos. Las casas de estos últimos son fáciles de reconocer: dos palmeras situadas junto a la fachada principal evocan esos lejanos paisajes tropicales que tanto les habían cautivado.
Veraneos Reales. El último cuarto del siglo XIX significa el apogeo del periodo de gran esplendor de la ciudad, que coincide con su confirmación como lugar de veraneo aristocrático. Ya en 1861, la reina Isabel II decidió pasar unos días estivales en las playas de El Sardinero y, en agradecimiento, el ayuntamiento le ofreció unos terrenos para construir un palacio. Sin embargo, fueron las repetidas estancias veraniegas de Alfonso XIII y de su esposa Victoria Eugenia, grandes admiradores de la ciudad, las que convirtieron definitivamente a Santander en un selecto centro de veraneo, frecuentado, durante los meses de calor, por nobles, aristócratas y otros personajes ilustres. En 1908, la ciudad le regaló al monarca los terrenos de la península de la Magdalena, donde se construyó un magnífico palacio cuyas obras finalizaron en el año 1912.

También en esa época, para satisfacer los refinados gustos y las especiales necesidades de tan distinguida concurrencia, se construyeron algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Gran Casino, el Hotel Real, el Club Marítimo o el Hipódromo de Bella Vista. Este selecto ambiente favoreció el desarrollo de una intensa vida cultural y, entre el grupo de intelectuales que coincidió en la ciudad, cabe destacar a Menéndez Pelayo, cuyo legado (una biblioteca de más de 42.000 títulos) se puede contemplar en la Biblioteca-Museo de la calle Rubio, o al arqueólogo Sanz de Sautuola, descubridor de las cuevas de Altamira. No en vano, algunos llamaron a la ciudad la «Florencia cántabra» y muchos opinaban que era aconsejable «dejarse ver por Santander». Sin embargo, este florecimiento se vio truncado por una serie de desgracias que asolaron la ciudad: a finales del siglo XIX se produjo la que está considerada la peor catástrofe civil de ese siglo en España, la explosión del carguero Cabo Machichaco, que causó la muerte de más de 500 personas el 3 de Noviembre de 1893.

Durante la guerra civil, Santander, que defendió al bando republicano, sufrió daños muy graves y, por último, en el año 1941 se produjo un tremendo incendio que redujo a cenizas la parte baja de su casco antiguo. La reconstrucción fue difícil pero fructífera y, hoy en día, Santander puede presumir de ser un importante centro administrativo, comercial, cultural y turístico. Sin duda, es una de las ciudades más atractivas de toda la cornisa cantábrica. Una ciudad tendida sobre el mar. Urbanísticamente, Santander se extiende en sentido longitudinal a lo largo del mar y está atravesada de un extremo a otro por tres vías principales: la Avenida de los Castros por la parte alta de la ciudad, el Paseo del General Dávila y la ronda que, con distintos nombres, discurre paralela a la línea del mar conformando uno de los más bellos paseos marítimos del litoral español. A estas arterias hay que añadir la Alameda de Oviedo, que recorre buena parte del casco urbano y cuya prolongación desemboca en el Paseo de Pereda, uno de los tramos del citado paseo marítimo. El itinerario que proponemos para descubrir todos los secretos de la ciudad recorre primero toda la línea marítima, desde el puerto pesquero hasta el Cabo Mayor pasando por Puerto Chico y la Magdalena. Después nos adentraremos en el casco urbano. Por supuesto, el visitante puede organizar su visita sin necesidad de recorrer en primera instancia todo el paseo marítimo, sino que, si lo prefiere, puede desviarse de nuestro itinerario para conocer antes otros lugares de interés. En este sentido, el ilustre literato Azorín, ante la disyuntiva de hacia dónde dirigir sus pasos para emprender su visita a Santander, apuntó una solución bastante curiosa: «Dejad los planos; dejad las guías; no preguntéis a nadie. Tal vez el vagar a la aventura por el laberinto de las calles es el mayor placer del viaje». Así pues, iniciamos nuestra ruta por la ciudad en el Barrio Pesquero, al que se puede acceder por la calle Marqués de la Hermida, una de las vías de entrada a Santander.


Hasta 1943 los pescadores residían en Puerto Chico, pero ese año tuvieron que trasladarse a este nuevo emplazamiento donde se construyeron 108 viviendas, ninguna de las cuales tiene más de tres pisos. Es una zona repleta de almacenes y pequeños astilleros que reparan los barcos pesqueros, pero también abundan los bares, restaurantes, mesones marineros, asadores y casas de comidas populares, auténticos templos de la gastronomía donde se pueden degustar los excelentes pescados y mariscos que llegan a diario al Puerto Pesquero y a la Dársena de Maliaño (aunque son muchos los locales -algunos, a modo de reclamo, preparan paellas o pescados a la parrilla en la misma puerta- podemos mencionar El Vivero, El Marucho, La Lonja, La Bodeguca o José Basilio). No debe perderse la ocasión de presenciar la animada subasta del pescado que se desarrolla en torno a la lonja.

Desde el muelle de Maliaño, antes de llegar a los Jardines de Pereda, pasamos junto a los edificios de la Aduana, de la Comandancia de Marina y de la moderna Estación Marítima de Ferrys, que mantiene una importante línea regular de pasajeros y mercancías entre Santander y la ciudad inglesa de Plymouth. La compañía Britanny Ferries gestiona esta comunicación marítima y efectúa tres viajes semanales durante el verano y dos el resto del año. Frente a la estación se puede contemplar el monumento al Machichaco, una cruz de piedra erigida en memoria de los muertos en la ya mencionada explosión de dicho barco, que se produjo cuando las llamas del incendio que se había declarado a bordo alcanzaron las cajas de dinamita que transportaba el carguero, anclado en ese momento en Maliaño. Sin embargo, el gran encanto de este lugar es que nos permite admirar atractivas y sorprendentes panorámicas de la bahía de Santander. A la sombra de la Pereda.
Monumento a José María de Pereda

La capital cántabra puede presumir de ser una ciudad en la que disfrutar de numerosos y espléndidos jardines y parques. Junto a la mole de Peña Cabarga y asomándose a la bahía se encuentran los Jardines de Pereda, presididos por el monumento al insigne escritor cántabro que da nombre a este cautivador oasis urbano. Alrededor de su estatua, un conjunto de esculturas recrean escenas de Peñas Arribas, Sotileza y otras obras de Pereda. Otro monumento que puede visitarse en estos jardines, en cuyo interior se halla la Oficina de Información y Turismo, es el dedicado a Concha Espina, una sencilla fuente realizada por Victorio Macho en 1927 (año en que la escritora recibió el Premio Nacional de Literatura) e inaugurada por Alfonso XIII. En 1960 se añadió un frontón en homenaje a Víctor de la Serna, hijo de Concha Espina y uno de los más renombrados periodistas del siglo XX.
Monumento a Concha Espina

Sin duda, los Jardines de Pereda son un lugar ideal para relajarse y reponer fuerzas con la intención de emprender la visita a los distintos lugares de interés que se hallan a su alrededor, como la adjunta plaza de Alfonso XIII, los edificios de Correos y del Banco de España o la Catedral.
Edificio de Correos

Bajo la sombra de los árboles, en la plaza de Alfonso XIII destaca el monumento a Pedro Velarde, el héroe cántabro del Dos de Mayo. La escultura es de bronce y fue realizada en la segunda mitad del siglo XIX por Elías Martín. Por su parte, el edificio de Correos, que data del año 1915, llama la atención por el aire neogótico de su fachada y su hermosa balconada. A su lado se halla el Banco de España, terminado de construir en el año 1928. Seguimos nuestro recorrido junto al mar y llegamos al Palacete del Embarcadero, antigua aduana que en la actualidad se utiliza como sala de exposiciones. Junto al palacete se halla el atracadero de las «reginas», embarcaciones que durante todo el año cruzan la bahía (hasta Somo y Pedreña) y que en los meses de verano realizan sugestivas travesías nocturnas. En cambio, frente al embarcadero se encuentra la fuente de los Meones, mientras que un poco más lejos está la Grúa de Piedra, donde es habitual la presencia de algunos pescadores intentando capturar mújoles y doradas.
Catedral de Santander

Palacete del Embarcadero
[img]http://www.luengo.net/santander/palacete_embarcadero.jpg
[/img]
La Grúa de Piedra

Paralelo a la línea de esta parte del muelle discurre el paseo de Pereda, con sus casas orientadas hacia el mar y hacia el mediodía. Sus señoriales edificios, entre los que se incluye el Banco de Santander, construido en los años 40 y cuya fachada tiene más de 60 balcones de forja y piedra, conforman una de las riquezas artísticas más significativas de la capital cántabra (han sido declarados monumento histórico-artístico) y ofrecen ejemplos de casi todos los estilos arquitectónicos del periodo comprendido entre finales del siglo XVIII e inicios del XX.
Paseo de Pereda

Sin duda, en la mayoría de construcciones del paseo, algunas de las cuales están coronadas por miradores, mansardas o buhardillas, se advierte la contribución del capital invertido por indianos y jándalos. De hecho, durante la época del comercio marítimo colonial los mercaderes, los almacenistas y las compañías que controlaban el tráfico con América instalaron su sede o su residencia en este paseo. De Puerto Chico a la Magdalena. Dejamos atrás el paseo de Pereda y enseguida nos encontramos con el edificio del Club Marítimo, que nos indica que hemos llegado a Puerto Chico, antiguo puerto pesquero donde durante el siglo XIX y principios del XX se concentraba la tradicional actividad marinera de la ciudad. Desde que los pescadores fueron trasladados al Barrio Pesquero, Puerto Chico se convirtió en atracadero de modernos veleros y embarcaciones deportivas y de recreo, pero también en un lugar de gran atracción turística cuyo encanto reside en el singular tipismo de las calles del barrio, repletas de tabernas, mesones y sencillas casas de comidas, que nos permiten saborear un ambiente pintoresco y costumbrista y nos ofrecen la posibilidad de degustar suculentas cazuelas de pescado, la afamada paella del cantábrico o enormes sardinas asadas.
Puerto Chico

El Club Marítimo, fundado en 1928, es una especie de palacete que se yergue sobre las aguas de la bahía, en palabras del escritor Dionisio Ridruejo «mete su obra entre las aguas con una vaga ilusión de palafito lacustre». Es uno de los Clubs Marítimos más prestigiosos de España y uno de sus primeros socios de honor fue el rey Alfonso XIII.
Club Marítimo
Página oficial del Ayuntamiento de Santander.
Un "mucho" de historia

Santander: entre el mar y la montaña.
Santander, la capital de Cantabria, parece mostrar orgullosa el reflejo de su genuino pasado en las aguas de la hermosa bahía a la que se asoma. Protegido por un accidentado relieve, su puerto ha sido, a lo largo de la historia, la verdadera razón de ser de la ciudad y de sus habitantes.
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Puerto de Castilla, jándalos e indianos, veraneos reales, una ciudad tendida sobre el mar a la sombra de la Pereda de Puerto Chico a la Magdalena, las primeras playas, un palacio construido por suscripción popular, El Sardinero en honor de don Marcelino Menéndez Pelayo al encuentro de la catedral, Santander, la capital de Cantabria, parece mostrar orgullosa el reflejo de su genuino pasado en las aguas de la hermosa bahía a la que se asoma. Protegido por un accidentado relieve, su puerto ha sido, a lo largo de la historia, la verdadera razón de ser de la ciudad y de sus habitantes.
En la actualidad es una urbe moderna, elegante y cosmopolita -hay quien la llama la Perla del Cantábrico-, con una intensa vida urbana y cultural que el visitante podrá disfrutar con la tranquilidad y la sensación de calma y placidez que desprende esta fascinante ciudad marinera y veraniega repleta de jardines, encantadoras plazas, edificios nobles y espectaculares playas.

La historia de Santander se remonta al año 26 a.C., cuando el emperador romano Augusto envió sus tropas, comandadas por Agripa, para consumar la conquista de la península y someter a los cántabros, conjunto de pueblos que tenían fama de rebeldes.
Tras derrotar a los cántabros, los romanos fundaron un puerto marítimo al que bautizaron con el nombre de Portus Victoriae en honor del triunfo conseguido. En cambio, tras el nombre de la ciudad se esconde una hermosa leyenda: se cuenta que, en el siglo III d.C., una barca de piedra que transportaba las reliquias de los mártires Emeterio y Celedonio llegó a estas costas tras atravesar el arco natural del islote de La Horadada. En conmemoración de uno de los santos se construyó la abadía de San Emeterio, nombre que en época latina se convirtió en Sant Emeter y, más tarde, en Sant Ander. Sea cierta o no esta historia, sí parecen estar de acuerdo algunos historiadores en que la ciudad actual nació cuando unos monjes que huían de los musulmanes, tras recibir el consentimiento de los primeros reyes asturianos, decidieron instalarse en una pequeña colina donde fundaron la abadía de San Emeterio. La ciudad creció alrededor de ese templo, cuyo lugar ocupa hoy la pequeña catedral santanderina, y los dos santos mártires se convirtieron en patronos de la villa.

Puerto de Castilla. La que fuera Puerto de San Emeterio, fue nombrada en 1187 villa de abadengo por el rey Alfonso VIII, que también le concedió el fuero a la ciudad. Entre los privilegios reales se contemplaba la libertad de los satanderinos para comerciar con ciertos productos (pan, vino, paños, etc.), así como la dispensa de algunos impuestos aduaneros. A partir de entonces y hasta el siglo XVI, Santander va adquiriendo un notable crecimiento comercial basado en la actividad de su puerto y en sus astilleros. De hecho, la ciudad era una de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar Océana del Reino de Castilla (las otras eran Laredo, Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera) y su gran apogeo se confirmó cuando le fue concedido el privilegio de exportar a Flandes y Amberes las lanas que se fabricaban en Castilla. Los santanderinos han sido siempre gentes de mar y avezados navegantes, como demuestran sus numerosas participaciones en importantes acciones navales.
Una de las empresas más relevantes de la flota cántabra data de 1248, cuando durante el reinado de Fernando III el Santo colaboró decisivamente en la reconquista de Sevilla. Es bien conocida la epopeya del almirante Ramón Bonifaz, que detuvo su nave junto a la Torre del Oro hispalense y cortó las cadenas que enlazaban las dos orillas del río Guadalquivir. Como premio a sus gestas, el rey concedió nuevos privilegios a la ciudad y le otorgó las armas de su escudo, en el que, aún hoy en día, aparecen, además de las cabezas de los santos Emeterio y Celedonio, la Torre del Oro, de la que pende una cadena rota, y un navío de vela. Como escribió Elías Ortiz, el escudo de Santander ostenta «una nave a toda vela navegando con rumbo hacia una torre que figura ser de oro».

Importante fue también la participación de los cántabros en el descubrimiento y colonización de las Indias Occidentales. jándalos e indianos. El siglo XVII marca el inicio de un periodo de decadencia para la ciudad, que ve cómo se diluye su tradicional esplendor comercial, reducido en esa época a cubrir la demanda local. Las causas de este estancamiento hay que buscarlas en el declive general del imperio naval español, la fuerte competencia comercial que representaba la creciente ciudad de Bilbao y las epidemias de peste que asolaron Santander a finales del siglo XVI y que hicieron disminuir su población de forma considerable. La recuperación no tardó en llegar y en el siglo XVIII se producen distintos hechos que favorecen un espectacular desarrollo de la urbe: en 1754 una bula del Papa Benedicto XIV convirtió a la villa en sede episcopal en detrimento de Santillana del Mar y, un año después, en 1755, el rey Fernando VI le concedió el título de ciudad.

En esos mismos años se liberaliza el comercio con América, hecho que tuvo como consecuencia la creación del Real Consulado de Mar y Tierra de Santander, la construcción del ferrocarril Santander-Alar del Rey, que abría el «Camino de las Lanas», y la consolidación de una importante burguesía mercantil. Sin embargo, el verdadero crecimiento urbanístico de la ciudad llegó con el siglo XIX. Por entonces, desde el puerto de Santander, que en 1817 fue designada capital de la provincia, partían casi a diario decenas de personas para hacer fortuna en las Américas, sobre todo hacia Cuba y las Antillas. Según las costumbres de la época, los cántabros que se enriquecieron lejos de su tierra regresaron tiempo después e invirtieron dinero en su ciudad, o bien enviaron el dinero para la construcción de palacetes, iglesias, casas nobles, grandes mansiones y otras obras. A esta repatriación del capital también contribuyó la conflictiva situación que vivieron las últimas colonias españolas. Gracias a estas inversiones se produjo el desarrollo de los astilleros y la remodelación y ampliación del puerto, así como la creación, en el año 1857, del Banco de Santander.

Los nuevos ricos que labraron su fortuna comerciando con el sur de la península reciben el nombre de jándalos, mientras que a aquéllos que se enriquecieron con el oro de las Indias se les conoce como indianos. Las casas de estos últimos son fáciles de reconocer: dos palmeras situadas junto a la fachada principal evocan esos lejanos paisajes tropicales que tanto les habían cautivado.
Veraneos Reales. El último cuarto del siglo XIX significa el apogeo del periodo de gran esplendor de la ciudad, que coincide con su confirmación como lugar de veraneo aristocrático. Ya en 1861, la reina Isabel II decidió pasar unos días estivales en las playas de El Sardinero y, en agradecimiento, el ayuntamiento le ofreció unos terrenos para construir un palacio. Sin embargo, fueron las repetidas estancias veraniegas de Alfonso XIII y de su esposa Victoria Eugenia, grandes admiradores de la ciudad, las que convirtieron definitivamente a Santander en un selecto centro de veraneo, frecuentado, durante los meses de calor, por nobles, aristócratas y otros personajes ilustres. En 1908, la ciudad le regaló al monarca los terrenos de la península de la Magdalena, donde se construyó un magnífico palacio cuyas obras finalizaron en el año 1912.

También en esa época, para satisfacer los refinados gustos y las especiales necesidades de tan distinguida concurrencia, se construyeron algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Gran Casino, el Hotel Real, el Club Marítimo o el Hipódromo de Bella Vista. Este selecto ambiente favoreció el desarrollo de una intensa vida cultural y, entre el grupo de intelectuales que coincidió en la ciudad, cabe destacar a Menéndez Pelayo, cuyo legado (una biblioteca de más de 42.000 títulos) se puede contemplar en la Biblioteca-Museo de la calle Rubio, o al arqueólogo Sanz de Sautuola, descubridor de las cuevas de Altamira. No en vano, algunos llamaron a la ciudad la «Florencia cántabra» y muchos opinaban que era aconsejable «dejarse ver por Santander». Sin embargo, este florecimiento se vio truncado por una serie de desgracias que asolaron la ciudad: a finales del siglo XIX se produjo la que está considerada la peor catástrofe civil de ese siglo en España, la explosión del carguero Cabo Machichaco, que causó la muerte de más de 500 personas el 3 de Noviembre de 1893.

Durante la guerra civil, Santander, que defendió al bando republicano, sufrió daños muy graves y, por último, en el año 1941 se produjo un tremendo incendio que redujo a cenizas la parte baja de su casco antiguo. La reconstrucción fue difícil pero fructífera y, hoy en día, Santander puede presumir de ser un importante centro administrativo, comercial, cultural y turístico. Sin duda, es una de las ciudades más atractivas de toda la cornisa cantábrica. Una ciudad tendida sobre el mar. Urbanísticamente, Santander se extiende en sentido longitudinal a lo largo del mar y está atravesada de un extremo a otro por tres vías principales: la Avenida de los Castros por la parte alta de la ciudad, el Paseo del General Dávila y la ronda que, con distintos nombres, discurre paralela a la línea del mar conformando uno de los más bellos paseos marítimos del litoral español. A estas arterias hay que añadir la Alameda de Oviedo, que recorre buena parte del casco urbano y cuya prolongación desemboca en el Paseo de Pereda, uno de los tramos del citado paseo marítimo. El itinerario que proponemos para descubrir todos los secretos de la ciudad recorre primero toda la línea marítima, desde el puerto pesquero hasta el Cabo Mayor pasando por Puerto Chico y la Magdalena. Después nos adentraremos en el casco urbano. Por supuesto, el visitante puede organizar su visita sin necesidad de recorrer en primera instancia todo el paseo marítimo, sino que, si lo prefiere, puede desviarse de nuestro itinerario para conocer antes otros lugares de interés. En este sentido, el ilustre literato Azorín, ante la disyuntiva de hacia dónde dirigir sus pasos para emprender su visita a Santander, apuntó una solución bastante curiosa: «Dejad los planos; dejad las guías; no preguntéis a nadie. Tal vez el vagar a la aventura por el laberinto de las calles es el mayor placer del viaje». Así pues, iniciamos nuestra ruta por la ciudad en el Barrio Pesquero, al que se puede acceder por la calle Marqués de la Hermida, una de las vías de entrada a Santander.


Hasta 1943 los pescadores residían en Puerto Chico, pero ese año tuvieron que trasladarse a este nuevo emplazamiento donde se construyeron 108 viviendas, ninguna de las cuales tiene más de tres pisos. Es una zona repleta de almacenes y pequeños astilleros que reparan los barcos pesqueros, pero también abundan los bares, restaurantes, mesones marineros, asadores y casas de comidas populares, auténticos templos de la gastronomía donde se pueden degustar los excelentes pescados y mariscos que llegan a diario al Puerto Pesquero y a la Dársena de Maliaño (aunque son muchos los locales -algunos, a modo de reclamo, preparan paellas o pescados a la parrilla en la misma puerta- podemos mencionar El Vivero, El Marucho, La Lonja, La Bodeguca o José Basilio). No debe perderse la ocasión de presenciar la animada subasta del pescado que se desarrolla en torno a la lonja.

Desde el muelle de Maliaño, antes de llegar a los Jardines de Pereda, pasamos junto a los edificios de la Aduana, de la Comandancia de Marina y de la moderna Estación Marítima de Ferrys, que mantiene una importante línea regular de pasajeros y mercancías entre Santander y la ciudad inglesa de Plymouth. La compañía Britanny Ferries gestiona esta comunicación marítima y efectúa tres viajes semanales durante el verano y dos el resto del año. Frente a la estación se puede contemplar el monumento al Machichaco, una cruz de piedra erigida en memoria de los muertos en la ya mencionada explosión de dicho barco, que se produjo cuando las llamas del incendio que se había declarado a bordo alcanzaron las cajas de dinamita que transportaba el carguero, anclado en ese momento en Maliaño. Sin embargo, el gran encanto de este lugar es que nos permite admirar atractivas y sorprendentes panorámicas de la bahía de Santander. A la sombra de la Pereda.
Monumento a José María de Pereda

La capital cántabra puede presumir de ser una ciudad en la que disfrutar de numerosos y espléndidos jardines y parques. Junto a la mole de Peña Cabarga y asomándose a la bahía se encuentran los Jardines de Pereda, presididos por el monumento al insigne escritor cántabro que da nombre a este cautivador oasis urbano. Alrededor de su estatua, un conjunto de esculturas recrean escenas de Peñas Arribas, Sotileza y otras obras de Pereda. Otro monumento que puede visitarse en estos jardines, en cuyo interior se halla la Oficina de Información y Turismo, es el dedicado a Concha Espina, una sencilla fuente realizada por Victorio Macho en 1927 (año en que la escritora recibió el Premio Nacional de Literatura) e inaugurada por Alfonso XIII. En 1960 se añadió un frontón en homenaje a Víctor de la Serna, hijo de Concha Espina y uno de los más renombrados periodistas del siglo XX.
Monumento a Concha Espina

Sin duda, los Jardines de Pereda son un lugar ideal para relajarse y reponer fuerzas con la intención de emprender la visita a los distintos lugares de interés que se hallan a su alrededor, como la adjunta plaza de Alfonso XIII, los edificios de Correos y del Banco de España o la Catedral.
Edificio de Correos

Bajo la sombra de los árboles, en la plaza de Alfonso XIII destaca el monumento a Pedro Velarde, el héroe cántabro del Dos de Mayo. La escultura es de bronce y fue realizada en la segunda mitad del siglo XIX por Elías Martín. Por su parte, el edificio de Correos, que data del año 1915, llama la atención por el aire neogótico de su fachada y su hermosa balconada. A su lado se halla el Banco de España, terminado de construir en el año 1928. Seguimos nuestro recorrido junto al mar y llegamos al Palacete del Embarcadero, antigua aduana que en la actualidad se utiliza como sala de exposiciones. Junto al palacete se halla el atracadero de las «reginas», embarcaciones que durante todo el año cruzan la bahía (hasta Somo y Pedreña) y que en los meses de verano realizan sugestivas travesías nocturnas. En cambio, frente al embarcadero se encuentra la fuente de los Meones, mientras que un poco más lejos está la Grúa de Piedra, donde es habitual la presencia de algunos pescadores intentando capturar mújoles y doradas.
Catedral de Santander

Palacete del Embarcadero
[img]http://www.luengo.net/santander/palacete_embarcadero.jpg
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La Grúa de Piedra

Paralelo a la línea de esta parte del muelle discurre el paseo de Pereda, con sus casas orientadas hacia el mar y hacia el mediodía. Sus señoriales edificios, entre los que se incluye el Banco de Santander, construido en los años 40 y cuya fachada tiene más de 60 balcones de forja y piedra, conforman una de las riquezas artísticas más significativas de la capital cántabra (han sido declarados monumento histórico-artístico) y ofrecen ejemplos de casi todos los estilos arquitectónicos del periodo comprendido entre finales del siglo XVIII e inicios del XX.
Paseo de Pereda

Sin duda, en la mayoría de construcciones del paseo, algunas de las cuales están coronadas por miradores, mansardas o buhardillas, se advierte la contribución del capital invertido por indianos y jándalos. De hecho, durante la época del comercio marítimo colonial los mercaderes, los almacenistas y las compañías que controlaban el tráfico con América instalaron su sede o su residencia en este paseo. De Puerto Chico a la Magdalena. Dejamos atrás el paseo de Pereda y enseguida nos encontramos con el edificio del Club Marítimo, que nos indica que hemos llegado a Puerto Chico, antiguo puerto pesquero donde durante el siglo XIX y principios del XX se concentraba la tradicional actividad marinera de la ciudad. Desde que los pescadores fueron trasladados al Barrio Pesquero, Puerto Chico se convirtió en atracadero de modernos veleros y embarcaciones deportivas y de recreo, pero también en un lugar de gran atracción turística cuyo encanto reside en el singular tipismo de las calles del barrio, repletas de tabernas, mesones y sencillas casas de comidas, que nos permiten saborear un ambiente pintoresco y costumbrista y nos ofrecen la posibilidad de degustar suculentas cazuelas de pescado, la afamada paella del cantábrico o enormes sardinas asadas.
Puerto Chico

El Club Marítimo, fundado en 1928, es una especie de palacete que se yergue sobre las aguas de la bahía, en palabras del escritor Dionisio Ridruejo «mete su obra entre las aguas con una vaga ilusión de palafito lacustre». Es uno de los Clubs Marítimos más prestigiosos de España y uno de sus primeros socios de honor fue el rey Alfonso XIII.
Club Marítimo

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